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Nerea

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Nerea, con su mirada, nos dice que no podemos tomarle el pelo. Cuando era niña, ya sabía callarse. Por esto, sus intervenciones son precisas y oportunas. Se dice, que, en Finlandia, las conversaciones triviales son casi inexistentes. Los finlandeses no sienten necesidad de llenar sus silencios.

Nerea, en su habitación, a solas, se dice a sí misma: (sólo por molestar, por abusar de la paciencia) ¿Es ésta la taberna sin un vaso, ni vino o camarero, en la que soy la cliente largamente esperada?

El color de la nada es azul. La golpea con su mano izquierda y la mano desaparece. ¿Por qué estoy entonces tan callada y tan feliz? Se pregunta Nerea.

Rellenando este espacio con sustancia, finlandesamente, podríamos decir que la otra cara de la moneda vendría a ser el silencio de los corderos. Ese horror vasto y sin nombre es que los vecinos puedan dormir toda la noche, todas las noches, sin despertarse, porque ninguno oye ni escucha el incesante e insoportable balido de los corderos cuando se los llevan al matadero.

Si Nerea fuera ella daría todo lo que es suyo y confiaría su futuro al futuro. Pero no se fía, —y hace bien.

Lucinda

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De alguna manera, Lucinda, que posa sin sombrero, se ha dado cuenta de lo que ella transmite al ser observada. Ha salido con su ser desnudo para pasearse por los caminos de la vida. Y en un momento dado, ha dicho: “Ahora, soy yo la que va a mirar”.

Por eso ha sacado su cámara de fotos. Porque en las fotografías, se ve un rostro, pero el alma no está allí. El papel recuerda, pero no ama. Es sólo un eco del mundo olvidado, un susurro en el aire.

Lucinda dispara con su cámara y la fotografía tiembla porque el pasado es débil. Un instante robado al tiempo, un espejo que no refleja. Y su silencio se parece al olvido. Esas fotos amarillas se apoyan en la mesa cansada. Parece que ríen, pero es mentira. Se fueron, se fueron dejando su instante pegado en un papel sin vida.

En estos momentos atrapados en papel hay una quietud que engaña. El viento no se siente, las palabras no se escuchan, pero allí estás, inmóvil, como si nunca hubieras respirado. El invierno ha sellado su verdad, cae la nieve, y nuestras lágrimas no pueden derretirla.

Abigail

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Abigail, está apoyada en un árbol, con su guitarra, que vendría a ser como tener un tercer pulmón. Está absorta, lo que nos dice que está componiendo la melodía todavía. La forma de sus manos indica que sabe tocar. Y ese fondo impreciso del bosque, muestra que su mirada se extiende por dentro, viajando al pasado, volviendo al presente. Para que de esa catarsis, surja una canción que cuelgue de la eternidad como rocío que cuelga como perlas encadenadas; según dice el poeta.

Quizá, Abigail siempre ha querido convertirse en música. Tiene que esperar al momento sin frases en que ni siquiera se podría decir que ella flota en la música. O, mejor dicho, aunque el mundo desapareciera quedaría la música.

La música no nace. Está allí, al alcance de todo oído. Abigail, al despertar esta mañana, ha visto cosas, aquí y allá, objetos, por ejemplo. Cada cosa solitaria y su conjunto. Todo esto ya tenía nombre. ¿Necesitaba otro lenguaje, otra mano, otro par de ojos, otra flauta?

Su alma, como la música, están hechas de la misma sustancia etérea. Y juntas, en una preciada combinación química, hacen que la eternidad exista, persista.

Alma

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Alma está meditando. Se ha hecho consciente de su espiritualidad, de esa dicotomía entre el cuerpo y su psique, por lo que la luz del sol que la atraviesa de fondo, hace que la veamos translúcida, confundiéndose con el bosque. Con esas ramificaciones neuronales de la naturaleza que simulan un rayo marcando el cerebro del universo.

De alguna manera, estamos viendo sólo su alma triste. Triste como la rama que deja caer su fruto para nadie. Más triste, más. Como esa mano que del cuerpo tendido se eleva y quiere solamente acariciar las luces, la sonrisa doliente, la noche aterciopelada y muda.

Ella, sabe que, dentro de su alma libre de pensamientos y emoción, ni el tigre encuentra sitio para meter sus fieras garras. Vacío perfecto. Sin embargo, ahí, algo se mueve siguiendo su propio curso. El ojo la ve, pero ninguna mano puede atraparla. Como esa luna en el arroyo.

Alma se ve como un árbol. Lo normal es que nadie se dé cuenta al principio. También están exhaustos, cientos de años atascados en el mismo sitio; hermosos paralíticos. Sienten que los observamos. Envidian la alegría de ser un blanco móvil.

Mientras va saludando a las ramas, pide que los árboles alcen la frente, que miren hacia arriba. Así verán más de lo que nunca les pareció posible.

Alma, fuera de su cuerpo, planea delicadamente sobre su triste forma abandonada. Alma de amor que vela y se separa vacilando, y al fin, se aleja tiernamente fría.