Adriana

El fotógrafo del amor nos ha puesto en la ventana frente a Adriana,
que ya sabe que la realidad es en blanco y negro, aunque la vida sea rosa, en ocasiones. Un rosa vida que ella irradia a su alrededor.

Adriana no está mirando a la cámara, nos mira a nosotros.

El fotógrafo quizá, ante su juventud y en su rutina, la ha conducido
hábilmente por el sinuoso camino que lleva hacia la sensualidad,
pero a mitad de trayecto, es ella la que se lo ha puesto más fácil
mostrándole la suya; que no está en el modelito oscuro que lleva puesto – ni siquiera en el suave roce que se adivina de ese mechón, en la piel – o en el camino directo y metálico que es la cremallera bajo su pecho, que se abre sólo una vez recorrido, sino en la intención.

La flor está en vertiginosa cuenta atrás pero nadie lo ha notado.

Tal vez Adriana se ha saltado impúdica el protocolo de la sesión de fotos para mirarnos de verdad, con la certidumbre y la desgana por lo que está demasiado preparado, construido, como hizo Dios en un matraz cuando soñó con su involuntaria belleza.

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