Cameron

Cameron está feliz. Con lo salvaje visible y la belleza aumentada,
pasea por el mundo levantando sospechas. Su hablar es fresco
y su risa, acompasada. Dueña de su voz, traviesa y segura de sí misma, pronuncia en alto sus virtudes sin nombrarlas.
 
Quizá esa alegría sea la inercia del amor primigenio,
el que nos es dado para dar. O tal vez aflore de la sala de máquinas
que bombea amor reciclado de los restos grises del vivir,
cuando ya se conoce este sucio mundo en el que nos consumimos
sin que nadie detenga los relojes.
 
Probablemente, el abismo que separa esas dos formas de amar,
sea la diferencia entre pescar, y hacer el imbécil con una caña junto al río. Esa finísima línea (roja) que el poeta describiría con total exactitud.
 
O a lo mejor no haya nada, salvo cada 28, sangre de parir y ese es el juego. De ahí vinieron viniendo los poetas malheridos aullando mujer, gimiendo hermosura, Eternidad que no se ve: especialmente eso, muchachos, que no se ve.
 
Pero, ¿Quién sino el Aleph pudiera entera esquiza y bestia así olfatear, besarla en el hocico, durarla, perdurarla en su enigma,
airearla, mancharla por lo hondo hasta serla, al galope tendido del tedio?
 
Como sencillo merodeador, me alegro por Cameron. Me gusta que se ría y que contagie su alegría al personal, que de repente
se ha vuelto como un girasol.
 
 

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